Todos los años, con la llegada del buen tiempo, anida una golondrina en el balcón de mi casa. Siempre la misma golondrina que, fiel al balcón y a su nido, acude puntual todas las primaveras. Y todos los otoños, con la llegada del frío, emprende, sin despedirse, la marcha hacia una tierra más cálida y acogedora. La golondrina actúa guiada por su instinto y, como si llevara incorporada una brújula en su interior, sabe qué camino y qué ruta debe seguir en todo momento. Siempre la misma ruta. Hacia delante y hacia atrás. Viaje de ida y viaje de vuelta. Sin improvisaciones y, sin importarle los obstáculos y las dificultades, la golondrina siempre consigue encontrar el camino correcto. Hasta que un día de verano, recién estrenadas las vacaciones del colegio, el pájaro, desde lo alto del tejado, vio cómo Inés Temperina jugaba entretenidamente con un pompero en el patio de casa. La curiosa golondrina, asistía embelesada al maravilloso espectáculo, atraída sin duda, por los hermosos...
A mi amigo Julio y a su mamá, que inspiraron esta historia. "El cocodrilo Drilo vivía en mitad de un enorme pantano junto a su familia. Independientemente de que hiciera frío o calor, de que lloviese o hiciese viento, todas las tardes Drilo desaparecía durante unas horas y, al regresar, volvía siempre con una enorme sonrisa estampada en la cara. El resto de animales del pantano no sabían dónde pasaba las tardes y, para burlarse de él, le preguntaban: - Drilo, ¿de dónde vienes tan contento? Y el cocodrilo muy serio contestaba: - Hoy he estado en la India. Y los otros animales automáticamente comenzaban a reírse de él. - En la India, claro. Pero si eso está muy lejos y tú nadas muy despacio... - le gritaban sin parar de reír. Cuando al día siguiente lo volvían a ver regresando tan contento, de nuevo le preguntaban que dónde había estado esa tarde. - Hoy he estado en Londres y, además, he resuelto un crimen muy complicado. Y los otros animales se tiraban por el suel...