Todavía no eran las 8:00 de la mañana del 24 de diciembre cuando en la parroquia del barrio saltó la voz de alarma. La señora Paquita, una jubilada encargada de la limpieza de la iglesia y de la casa del cura, solía llegar con unos minutos de anticipo al trabajo para poder rezar en silencio sus plegarias a la Virgen y contemplar, en aquellos días navideños, el hermoso Belén barroco recién instalado en la nave lateral del templo. El Belén, todo hay que decirlo, sólo tenía de barroco la figura del Niño Jesús, obra de un maestro napolitano del siglo XVIII que, por casualidades y avatares de la vida, había venido a parar a aquella humilde parroquia de la periferia. Ramón el quiosquero y Luis, el propietario del bar de enfrente, fueron los primeros en acudir, asustados por los gritos desesperados de la señora Paquita que, con la escoba en las manos y entre lágrimas, chillaba angustiada: - "¡El Niño Jesús! ¡Han robado el Niño Jesús! Lo más bonito que teníamos y se lo han llevado......