El pianista, lentamente, se dirigía hacia su instrumento. Con seriedad religiosa levantó la tapa del teclado y ajustó la banqueta. Su estudiado ritual continuaba siempre con la puesta en funcionamiento del metrónomo. Hoy no hubo suerte y no consiguió tocar ni una sola vez la pieza completa con la perfección técnica que su exigente oído de músico profesional demandaba. “Mañana será otro día”, pensó, y abatido se retiró a descansar. El segundo día, el pianista repitió con exactitud matemática su habitual ceremonia. Levantó lentamente la tapa del teclado y posicionó a la altura precisa su banqueta. Un milímetro más arriba o más abajo podrían marcar la diferencia y, aunque pudiera parecer una tontería, ese pequeño matiz podía hacer que el músico se sintiera incómodo y así nunca podría obtener el máximo de su potencial. Dio cuerda a su metrónomo y comenzó a practicar. Nada que hacer. Alguna de las ejecuciones rozaron la calidad que el pianista se autoimponía pero todavía seguí...