Dicen que a veces es bueno guiarse por el propio instinto y no dejarse seducir por las decisiones que a priori parecen más prácticas e incluso más recomendables. El campesino sabía que el viejo almendro ya no daría más frutos, que hacía muchos años que era incapaz de producir almendras y pensaba, no sin cierta amargura, que lo más sensato sería talarlo y aprovechar la tierra para sembrar una cosecha mucho más rentable. Por no hablar del dinero que ganaría vendiendo la leña del enorme almendro centenario. Dicen que ya estaba afilando su hacha cuando empezó a llorar de manera inesperada. Que repentinamente se acordó de su padre mientras recogía las almendras a finales del verano, cuando todavía hacía calor, con un sombrero de paja en la cabeza y que recordó también a su abuelo que le contaba cómo el almendro ya estaba allí cuando él había nacido, más de ochenta años atrás. Dicen que también se acordó, con una gran sonrisa dibujada en los labios, de aquel día en el que siendo ...