Se trataba de un prototipo recién salido de los laboratorios y que disponía de autonomía de movimientos, por lo que podías encontrártelo tranquilamente mientras paseabas por la calle o cuando estabas en la biblioteca.
Markus utilizaba una escala numérica para establecer diferentes niveles de intensidad emocional que medían la alegría. Por ejemplo, había comprobado que cuando un niño tenía que ir al dentista o tenía un examen de matemáticas al día siguiente, sus niveles de alegría rozaban el cero absoluto, mientras que cuando jugaba durante el tiempo del recreo los valores subían hasta rozar el nueve.
Sin embargo, los valores más altos registrados por los sensores emocionales de Markus se obtenían cuando un niño, tras una jornada de calor intenso, se acercaba hasta el mostrador de una heladería y pedía un helado. Los potentes circuitos internos de Markus observaron que daba igual que el helado fuera de chocolate, de fresa, de pistacho o de vainilla, que fuera más grande o más pequeño, en cucurucho o en tarrina, porque siempre que el helado llegaba a la boca del niño los niveles de alegría se disparaban y alcanzaban, en todos los casos estudiados, un insuperable diez en la escala numérica del robot.
Así que el robot Markus, curioso como era, decidió probar uno de esos maravillosos helados y se sentó en un banco a disfrutar de la maravillosa experiencia. Al fin y al cabo, también él era un niño pequeño recién salido del taller.
Cuando por fin probó el helado...
Primer final
Cuando por fin probó el helado, sus ojos brillaron con la luz de la felicidad absoluta y mientras el delicioso sabor y el frescor inundaban sus piezas, pensó que aquella era una vivencia que debía de estar al alcance de todos los niños. Así que, decidió abrir una heladería en la que serviría todos los tipos de helados del mundo a todos los niños que se acercaran a su mostrador... ¡Y además lo haría gratis! ¡Sin cobrar ni un solo céntimo a los niños!
Lógicamente, la noticia se extendió rápidamente por la ciudad y todos los niños tuvieron su helado gratis. Lo malo es que la heladería de Markus sólo duró abierta un único día, ya que se acabaron todos los helados. Eso sí, el día que estuvo funcionando la heladería del robot Markus fue el día más feliz de la historia, al menos para los niños, y los registros estadísticos del robot alcanzaron un récord, todavía hoy vigente, de alegría infantil.
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