Un día, sin previo aviso y ante la sorpresa de Inés Temperina, al gato Kiwi se le cayó un diente.
Esa misma noche, Kiwi oyó unos pasitos muy veloces cerca de su cama y cuando abrió los ojos se encontró delante de él a un pequeño ratón con una mochila de color rojo.
- No me comas, no me comas... - suplicó el ratoncito ante la mirada sorprendida del gato Kiwi.
- Sí te como, sí te como... - respondió Kiwi - Soy un gato y por todos es sabido que los gatos comen ratones.
- Pero yo no soy un ratón común. Debes saber que soy el auténtico Ratoncito Pérez y vengo a traerte un regalo a cambio de tu diente... - contestó el ratón.
El gato Kiwi se quedó pensativo ante la osada respuesta del ratón y tras un momento contestó:
- Lo siento, pero no puedo hacer nada. Si alguien se enterara de que te he dejado marchar me convertiría en el hazmerreír de toda la colonia gatuna. En mi naturaleza está comer ratones, así que prepárate para que te coma... - dijo casi apenado el gato Kiwi.
- En mi naturaleza también está huir de los gatos. Sin embargo aquí me tienes, porque la generosidad, que también forma parte de mi naturaleza, es mucho más poderosa que el miedo. Si me comes, millones de niños, y de gatos, se quedarán para siempre sin sus regalos... - respondió muy serio el ratón Pérez.
Y el gato Kiwi pensó que, aunque se había convertido en un poderoso gato negro, también en su naturaleza felina había espacio para la bondad. Así que decidió perdonarle la vida al Ratoncito Pérez.
Y por primera vez en la historia, al menos que yo sepa, un gato y un ratón se convirtieron en amigos.
Ese fue el regalo que recibió Kiwi por la caida de su diente.
Pero, un momento, un momento...
Y digo yo, que me paso el día soñando y no entiendo casi nada: Si un gato y un ratón pueden ser amigos, ¿por qué los humanos, que son de la misma especie, se empeñan en hacerse la guerra?
Que alguien me lo explique porque no lo entiendo.
Marcelo Morante
14/II/2026


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