A mi maestro y amigo Antonio Serrano Érase una vez un niño que una tarde, tras las clases del colegio, llegó a casa con un monumental cabreo. Con un monumental cabreo y con un árbol muy pequeñito entre las manos. El viejo maestro, para celebrar el Día del Árbol, había entregado a cada niño de su clase un arbolito para que lo plantaran en una maceta cuando llegaran a sus hogares y cuidasen de él. De esta manera, los alumnos aprenderían, a través de la responsabilidad y de la experiencia, la importancia de cuidar de la naturaleza contribuyendo así a la mejora del medioambiente. El niño, sin embargo, estaba muy cabreado. No entendía por qué el maestro le había dado, justo a él, el árbol más pequeño de todos y el único que era diferente a los demás. “Siempre me porto bien y saco muy buenas notas. ¿Por qué me habrá castigado el maestro entregándome el árbol más raquítico de todos los que tenía?” pensaba enojado el niño. El pequeño no olvidaba cómo todos sus compañeros se h...