El otro día me compré unos zapatos nuevos. Unos zapatos preciosos y muy elegantes. Pensé que ya era hora de retirar mis viejas zapatillas deportivas y empezar a vestir, de una vez por todas, como un profesor respetable. A mí siempre me ha gustado llevar zapatillas de deporte porque me siento muy cómodo con ellas y creo que así mantengo una imagen un poco más juvenil. ¡Qué cosas! El caso es que el otro día decidí que había llegado el momento de madurar de una vez por todas y, sin meditarlo demasiado, me compré unos zapatos divinos que me proporcionaron, casi por primera vez en mi vida, un aspecto muy distinguido. Y con ellos me fui al trabajo. ¡Tendríais que ver cómo me miraban mis compañeros y mis alumnos! En sus ojos veía una enorme admiración y sorpresa. Es verdad que los zapatos me hacían un daño horrible, pero sin lugar a dudas valía la pena el sacrificio. Cuando llegué a casa casi no podía ni andar y los pies me dolían espantosamente. Aun así, al día siguiente ...