El perro Lupín era un simpático cachorro que no sabía ladrar.
Por mucho que lo intentase no conseguía emitir ladridos y, cuanto más pasaba el tiempo, más triste y abatido se sentía.
- "¿A lo mejor es mudo?"- decían algunos.
- "O quizá simplemente es tímido..." - sugerían otros.
Lo cierto es que su dueña, la intrépida Inés Temperina, no se resignaba y lo había intentado todo: revisiones médicas en los veterinarios más famosos de la ciudad, clases particulares de dicción canina, cursos de expresión oral para perros...
Sin embargo todos sus esfuerzo eran en vano.
El pequeño Lupín, por más que lo intentase, era incapaz de ladrar.
Hasta que un día, mientras que Lupín y su dueña paseaban por el parque, se cruzaron con el maestro Puntino, eminente estudioso de la Lengua y azote de los horrores de ortografía, que observando con cuidado el collar de Lupín sentenció:
- "Este perro tiene una falta de ortografía desde que nació. ¡En lugar de "perro" este animal es un "pero"!
Y cogiendo su implacable bolígrafo rojo señaló la gravísima falta de ortografía que impedía a Lupín ser un auténtico perro:
Lupín, sintiéndose por primera vez un "perro" completo y no solamente una simple "conjunción adversativa", comenzó a ladrar sin parar.
Ladró y ladró incansablemente de alegría hasta quedarse afónico. Y en mitad de la algarabía y el júbilo general, ladró también un poco para reivindicar su libertad y para no seguir siendo considerado como una pertenencia de nadie.
El problema es que ninguno entendía el idioma de los perros...
Marcelo Morante
29/X/2025


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