Todos los años, con la llegada del buen tiempo, anida una golondrina en el balcón de mi casa.
Siempre la misma golondrina que, fiel al balcón y a su nido, acude puntual todas las primaveras.
Y todos los otoños, con la llegada del frío, emprende, sin despedirse, la marcha hacia una tierra más cálida y acogedora.
La golondrina actúa guiada por su instinto y, como si llevara incorporada una brújula en su interior, sabe qué camino y qué ruta debe seguir en todo momento.
Siempre la misma ruta.
Hacia delante y hacia atrás.
Viaje de ida y viaje de vuelta.
Sin improvisaciones y, sin importarle los obstáculos y las dificultades, la golondrina siempre consigue encontrar el camino correcto.
Hasta que un día de verano, recién estrenadas las vacaciones del colegio, el pájaro, desde lo alto del tejado, vio cómo Inés Temperina jugaba entretenidamente con un pompero en el patio de casa.
La curiosa golondrina, asistía embelesada al maravilloso espectáculo, atraída sin duda, por los hermosos destellos que provenían de las recién nacidas pompas de jabón.
"¡Qué maravilla!" pensaba fascinada por el encanto de aquella curiosa danza.
Algunas pompas, tras alzar el vuelo, pasaban rozándole la cabeza; mientras que otras emprendían el vuelo en diferentes direcciones, desapareciendo velozmente de la vista del pájaro.
- ¿Dónde van las pomas de jabón? - preguntó la golondrina a Inés Temperina.
- Cada una de ellas va donde las lleva el viento... - respondió la niña.
(Binomio fantástico: Brújula-Pompa de jabón)
Marcelo Morante
4/VIII/2026

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