El profesor Filiberto Farfallino, famoso estudioso de las mariposas, llevaba cincuenta y siete años persiguiendo un ejemplar muy especial.
No era una mariposa cualquiera, por supuesto.
Se trataba de una especie tan rara tan rara, que la mayoría de científicos aseguraban que ni siquiera existía, aunque Filiberto Farfallino estaba convencido de su existencia. Por eso estaba dedicando toda su vida a demostrarlo.
El profesor Farfallino había estudiado mariposas en todos los lugares imaginables.
Había dormido en selvas.
Había dormido en montañas.
Había dormido incluso dentro del cráter de un volcán. Cosa nada recomendable por otra parte...
Tenía lupas, redes, frascos, cuadernos, mapas, brújulas, prismáticos y una colección de sombreros para distintas clases de mariposas.
Pero la mariposa Papilio Rarissimus de color azul se le escapaba siempre.
Una vez llegó solo cinco minutos tarde.
Y otra vez llegó cinco minutos demasiado pronto.
Y en otra ocasión, cuando llegó, encontró solo una hoja coloreada de azul.
Hasta que una mañana, cuando Filiberto ya había perdido toda la esperanza y tenía el pelo completamente blanco, ocurrió.
Estaba sentado junto a un arroyo, desayunando tranquilamente un café, cuando a lo lejos la vió.
Finalmente allí estaba, justo enfrente de él.
El único ejemplar vivo de la mítica mariposa Papilio Rarissimus de color azul.
En directo era todavía más hermosa de lo que había imaginado estudiándola en sus libros.
Sus alas parecían hechas de cielo y cuando el sol las iluminaba, aparecían pequeños destellos verdes, violetas y dorados.
Filiberto dejó caer su café.
—Por fin —susurró.
Abrió lentamente su maletín.
Sacó la red.
La mariposa voló hacia la derecha.
Filiberto fue hacia la derecha.
La mariposa voló hacia la izquierda.
Filiberto fue hacia la izquierda.
La mariposa subió.
Filiberto tropezó.
La mariposa bajó.
Filiberto tropezó con un arbusto y cayó de bruces.
La mariposa volvió a pasar por encima de su cabeza.
Y entonces, dando un salto enorme y ,con un gesto rapidísimo de la mano, la atrapó con su red.
—¡Por fin la tengo!
Había esperado aquel momento durante cincuenta y siete años. Después de todo había valido la pena insistir y a partir de ahora, nadie más volvería a reirse de él.
Sacó su caja de cristal y colocó cuidadosamente la mariposa en su interior.
Después, abrió el cajón donde guardaba sus alfileres.
Había uno especialmente fino.
El mejor.
El más perfecto.
El alfiler que había comprado muchos años atrás pensando en aquel día.
Filiberto Farfallino lo sostuvo entre los dedos.
Miró la mariposa.
Y durante un instante tuvo una sensación extraña y sintió como si la mariposa lo estuviera mirando.
—No te preocupes —dijo el profesor Farfallino —. Vas a formar parte de la historia de la ciencia y vas a convertirme en un científico famoso.
La mariposa, asustada, movió las alas.
Y justo en ese momento, Filiberto comprendió algo que ningún libro de ciencia había sabido explicarle hasta ese momento.
La mariposa, misteriosamente, había dejado de ser tan hermosa como lo era antes de ser atrapada. Antes de ser prisionera.
Sus colores parecían haberse apagado y el azul se volvió gris.
Los destellos desaparecieron.
Las alas, que hacía un momento parecían hechas de cielo, ahora parecían dos trozos de papel sin vida.
Filiberto se quedó inmóvil.
—Pero...
Se acercó.
La observó con su lupa.
La miró desde arriba.
Desde abajo.
De lado.
La observó durante diez minutos.
Después durante una hora.
Y finalmente comprendió.
Había conseguido tener la mariposa Papilio Rarissimus de color azul, pero era incapaz de atrapar su belleza, porque ésta estaba en el movimiento de sus alas, estaba en el aire, en su vuelo.
En su libertad.
Así que, sonriendo, la soltó, comprendiendo que las mariposas son bonitas porque vuelan.
(Nota de autor: Farfalla en italiano significa mariposa).
Marcelo Morante
28/VIII/2026

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