Benito Pugnone era un niño con un gran corazón, pero con un enorme problema para controlar la ira.
Cuando algo no iba como a él le hubiera gustado, se enfadaba muchísimo y "arreglaba" todo a base de puñetazos.
Por ejemplo, si se le acababan las pilas al mando de la tele, ¡PUM!, soltaba un puñetazo.
—¡No funciona! —gritaba Benito— ¡Pues habrá que darle otro buen golpe!
Si una puerta no se abría, ¡PUM! ¡PUM! intentaba que funcionara a base de puñetazos.
Y si perdía un partido jugando al fútbol, si se le rompía un juguete, si alguien le llevaba la contra... Benito, cegado por la rabia, apretaba los dientes y bramaba:
—¡Con un puñetazo todo se arregla!
—¡Con dos, mucho mejor!
De tal manera que el resto de niños, para burlarse de él, empezaron a cantarle:
"Benito Pugnone,
se enfada un montonazo,
si algo no le gusta,
¡PUM!, puñetazo".
Lógicamente cuando terminaban de cantarle la canción tenían que salir despavoridos porque si Benito los hubiera atrapado, ya sabéis: ¡PUM!, puñetazo.
Pero un día, después de una rabieta tremenda provocada por un bocadillo que su madre había preparado sin su queso favorito, Benito, enfurecido, cogió del armario una curiosa muñeca de madera. La miró de arriba abajo y sin pensarlo dos veces:
¡PUM!
La muñeca cayó al suelo hecha pedazos.
Y entonces ocurrió algo extraño porque de la muñeca rota salió otra muñeca exactamente igual que la muñeca rota, pero un poco más pequeña.
Benito abrió mucho los ojos y, cada vez más enfadado, volvió a propinarle un fortísimo puñetazo y la muñeca pequeña se rompió.
Pero, ¡qué sorpresa!
De su interior salió otra, todavía más pequeña.
—¡PUM!
Y apareció otra.
—¡PUM!
Y otra.
—¡PUM!
Una diminuta,
una minúscula,
una casi invisible...
¡Y otra!
¡Y otra!
¡Y otra!
Benito golpeaba y golpeaba, pero las muñecas no se acababan...
Cada puñetazo traía otra muñeca. cada muñeca escondía otra y cada golpe le dejaba los brazos un poquito más cansados.
—¡PUM!
—¡Otra!
—¡PUM!
—¡Otra!
—¡PUM!
—¡¿Otra?!
Hasta que Benito Pugnone , agotado, se sentó en el suelo con las manos lastimadas, dándose cuenta de que la rabia, por primera vez, se había quedado sin fuerzas.
La última muñeca era tan pequeña, tan pequeña, que casi no se veía en la palma de su mano y Benito Pugnone nunca más sintió la necesidad de golpear.
Desde aquel día los niños ya no se escondían a su paso y comenzaron a cantarle:
"Benito Pugnone,
es un campeón.
Ya no usa los puños,
utiliza el corazón".
Y Benito Pugnone, sonriendo FELIZ, bailaba y jugaba con los demás niños.
Marcelo Morante
17/VIII/2026
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