El perro Lupín era un simpático cachorro que no sabía ladrar. Por mucho que lo intentase no conseguía emitir ladridos y, cuanto más pasaba el tiempo, más triste y abatido se sentía. - "¿A lo mejor es mudo?"- decían algunos. - "O quizá simplemente es tímido..." - sugerían otros. Lo cierto es que su dueña, la intrépida Inés Temperina, no se resignaba y lo había intentado todo: revisiones médicas en los veterinarios más famosos de la ciudad, clases particulares de dicción canina, cursos de expresión oral para perros... Sin embargo todos sus esfuerzo eran en vano. El pequeño Lupín, por más que lo intentase, era incapaz de ladrar. Hasta que un día, mientras que Lupín y su dueña paseaban por el parque, se cruzaron con el maestro Puntino, eminente estudioso de la Lengua y azote de los horrores de ortografía, que observando con cuidado el collar de Lupín sentenció: - "Este perro tiene una falta de ortografía desde que nació. ¡En lugar de "perro" este anima...