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EL NIÑO CABRERO


Con el fin de las clases empezaba un período duro para el niño cabrero. Paradojas de la vida. 

Y no porque el niño cabrero hubiese obtenido malas notas en el boletín de calificaciones y temiese un castigo en casa, no. 

Mientras todos sus amigos se iban de vacaciones al mar, al niño cabrero le esperaban días y días de paciente trabajo en el campo cuidando del ganado de la familia. 

"Hay que ayudar y si la escuela ha terminado toca trabajar" le habían enseñado. 

El niño cabrero soñaba con el mar mientras cuidaba a las cabras en mitad de los campos. Y mientras soñaba, los campos de alfalfa se convertían ante sus ojos soñadores en un mar plácido, mecido suavemente por el viento refrescante. Y con tanta fuerza soñaba el mar que en varias ocasiones, despertando de su sueño y regresando bruscamente a la realidad, no hallaba ni rastro de su rebaño.

Así que cuando el niño cabrero vio el mar por primera vez no dudó en meter en su cubo infantil una pequeña cantidad de esa maravilla para llevársela a su huerta.

No por avaricia, no. Sino por pura felicidad. Para que no se le olvidara.


Marcelo Morante 

17/VIII/2021

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