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EL VELOCISTA


                                         

A mi "sosio", que es más rápido que el viento.


El corredor de los 100 metros lisos empezó a atarse ceremoniosamente los cordones de sus zapatillas.

Concentrado, realizó su habitual ritual de calentamiento previo a la carrera: un par de saltos rápidos seguidos de un pequeño sprint. Todo ello acompañado de unos golpes con las manos en las partes externas de los muslos, para calentarlos. Unos movimientos circulares con el cuello y estaría completamente preparado para la competición.

En las gradas del estadio olímpico reinaba un gran algarabío mezclado con unas enormes dosis de tensión. Los gritos de los aficionados se entremezclaban entre ellos produciendo un incomprensible mensaje de ánimo dirigido a los velocistas.

La final olímpica de los 100 metros estaba a punto de empezar.

Con el semblante muy serio, el atleta colocó sus pies y sus manos en posición de salida y con la mirada fija hacia delante esperó pacientemente el disparo que daría inicio a la competición.

Nada más oír la detonación, los finalistas de la prueba olímpica de velocidad se lanzaron como rayos hacia la meta. Rápidamente nuestro protagonista se puso en cabeza y apretando al máximo los dientes y, alzando al cielo los brazos, atravesó la línea de meta en primer lugar.

Los altavoces del estadio anunciaban con un atronador estruendo el nombre de la nueva gloria deportiva mundial: “¡Una fuerte ovación para Rodri, flamante campeón olímpico y nuevo recordman mundial de los 100 metros lisos!”.

Rodri no cabía en sí de júbilo y mientras realizaba una vuelta de honor al estadio, saludaba al numeroso público reunido para tan memorable acontecimiento.

-          ¡Campeón olímpico, abuelo! ¡Campeón olímpico! Ya te decía yo que estas nuevas zapatillas corrían mucho más rápido que las viejas… – gritó Rodri a su abuelo con los brazos en alto, jadeando por el esfuerzo de la carrera.

-          Sí que corren, sí… - reconoció sonriente el abuelo. – Yo creo que te has ganado, aparte de la medalla de oro, un buen tazón de leche con galletas en cuanto lleguemos a casa. ¿Qué te parece el plan, Rodri?

-          Me apunto, abuelo. Pero dame la mano que estoy bastante cansado por el esfuerzo de la carrera…

El abuelo, orgulloso, le dio la mano a su campeón olímpico y, muy feliz, pensó que ese momento, ese preciso instante en el que abuelo y nieto se dirigían a casa cogidos de la mano, merecía ser retenido para siempre en su memoria.

Ese momento mágico en el que, embargados por la más absoluta felicidad, un abuelo y su nieto funden sus manos, merecía sin duda ser recordado eternamente.

AUDIO 

Marcelo Morante

9/VIII/2020


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