"Dicen que una vez, hace mucho mucho tiempo, la higuera que daba los higos más dulces de todo el Mudamiento se enamoró perdidamente de uno de los patos de Rosario, conocida por todos los vecinos como la tía Marcela.
Dicen también que la coqueta higuera, para atraer la atención del pato de la tía Marcela y poder estar durante unos instantes lo más cerca posible de su enamorado, todos los días depositaba, amorosa, bajo su fresca sombra el mejor y más dulce de sus higos. Y el goloso pato todos las tardes acudía puntual a su cita con el árbol.
Con el pasar de los días la enamorada higuera aumentó el número de higos para que el pato se detuviese más tiempo bajo su sombra y de esta manera, pudiese contemplarlo durante más tiempo.
Primero fueron dos higos los que disimuladamente dejó caer junto al pato, pero enseguida pensó que con tres estaría más tiempo admirando a su amado. Más adelante fueron cuatro higos, y luego fueron cinco, y después seis... Y la dulce higuera cuanto más tiempo contemplaba al joven pato más se enamoraba de él. Y el pato por su parte, con el pasar de los días, cada vez estaba irremediablemente más gordo.
Dicen que una tarde de apasionado amor el pato comió tantos higos que sin darse ni cuenta empezó a cambiar de color y, horrorizado, comprobó que no podía respirar porque los frutos habían bloqueado su tráquea. Los más viejos del lugar dicen también que si no llega a ser por la rápida intervención de la tía Meritala, vecina de Rosario y hábil cirujana autodidacta, el pato hubiera muerto. "Asfixiado por exceso de amor" hubieran puesto en su lápida.
Desde entonces el pato no volvió a visitar nunca más a la pobre higuera y huía despavorido si, por descuido, se acercaba demasiado al árbol.
Y la desconsolada higuera, por su parte, nunca más volvió a dar un solo higo."
Marcelo Morante
5/V/2022
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