Ir al contenido principal

LA PIEDRA

 


Érase una vez un niño que tenía un cabreo tremendo.

Estaba enfadadísimo y no paraba de darle vueltas a lo que le acababa de suceder. Y cuantas más vueltas le daba al asunto, más se cabreaba. ¡Menudo berrinche!

Poseído totalmente por la rabia empezó a darle patadas a una piedra que encontró casualmente por el suelo y, patada a patada, sin darse ni cuenta, fue poco a poco alejándose de su pueblo.

Pasó media hora y el niño continuaba caminando, dándole patadas a la piedra, ensimismado.

Pasó otra media hora y el niño seguía con la cabeza agachada, andando concentrado tras los pasos de la piedra.

Pasó otra media hora y, desorientado, por fin levantó la cabeza.

Aunque había seguido todo el tiempo el mismo camino que atravesaba los campos, el niño se dio cuenta de que estaba completamente perdido. Nunca había llegado tan lejos en sus aventuras exploradoras.

Y entonces lo vio.

Vio que estaba en una vieja cantera abandonada y contempló abrumado montones y montones de polvorientas piedras de todos los tamaños. En la vieja cantera abandonada convivían bloques enormes con piedras mucho más pequeñas, como la suya.

Y entonces lo comprendió.

Comprendió que ya no recordaba porqué se había enfadado y pensó que, a lo mejor, y sólo a lo mejor, el motivo de su cabreo quizás no era tan importante. Y sin pensarlo demasiado propinó un fortísimo puntapié a su piedra que, inevitablemente, se unió al resto de piedras de la cantera, confundiéndose entre ellas.

Metió sus manos en los bolsillos y, feliz, inició el largo camino de regreso a casa.

AUDIO 

Marcelo Morante

30/IX/2020


Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

MO EL PINTOR

  Al pequeño Mo siempre le había gustado dibujar. Y dibujaba muy bien. Desde hacía un tiempo Mo pintaba sin descanso, como si no tuviera nada más importante que hacer. Es más, como si pintar fuera lo único que pudiera mantener ocupada su mente. Pintaba sin descanso paisajes hermosos y ciudades plenas de vida con personas sonrientes que jugaban y se abrazaban. Cuando llenó de dibujos la única pared que quedaba de la casa, se sentó a admirar su obra sonriendo por primera vez en muchos días. Contemplaba la esperanza, mientras fuera continuaba la guerra. Marcelo Morante 10/III/2025

INÉS TEMPERINA Y LA GUERRA

Una vez en un dictado, Inés Temperina cambió la palabra “soldado” por la palabra “soleado” y en vez de escribir “guerra” escribió “gorra”. También escribió “balón” en lugar de “bala” y, aunque lo escribió con su correspondiente “b” y con una hermosa tilde en la “o”, el maestro Puntino puntuó su trabajo con un 4 en ortografía y una calificación de “IN” (abreviatura de un cruel Insuficiente).  Y pese a que la niña no entendió el significado de la puntuación “IN” en su dictado, pensó que el maestro Puntino con su INflexible INfalibilidad había sido INcapaz de entender que la pequeña INés Temperina había INtentado mejorar con su INocencia un poquito el mundo.  Sustituyendo muy poquitas letras todo cambiaría y ya no existirían las guerras, ni los soldados, ni las balas, y a cambio todos tendríamos magníficas gorras y disfrutaríamos de espléndidos días soleados en los que todos podríamos jugar al balón en vez de disparar balas. ¡Qué bonito sería tachar con el implacable bolígrafo r...

RODRIGO Y LOS CARACOLES

  A mi amigo Rodrigo le encanta la lluvia.  Es verdad que a Rodrigo también le gusta mucho leer cuentos, entretenerse con juegos de construcciones y comer fruta, pero lo que más le gusta, junto con la lluvia, son los caracoles. Los caracoles y la lluvia. Por ese orden. Cuando llueve, Rodrigo se queda embelesado delante de la ventana de su cuarto observando cómo caen las gotas de agua y, poco a poco, van mojando todo en el exterior. Y cuando para de llover, a Rodrigo le encanta salir a pasear por el campo y disfrutar del olor a tierra recién mojada. Una vez, tras una de esas jornadas de lluvia, me encontré a Rodrigo muy atareado en mitad de un camino. El niño, ensimismado, no paraba de agacharse, recoger algo del suelo y llevarlo hasta la orilla del sendero. Sin entender lo que estaba pasando le pregunté: - ¡Hola! ¿Se puede saber qué es lo que estás haciendo? - Sí, claro... Es muy sencillo: Recojo los caracoles que han salido con la lluvia y los llevo hasta la orilla del camino...